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Anyelina Rojas Valdés, Periodista / Magíster en Educación  Al escuchar, hace algunos días, los dichos de Sebastián Piñera, presidente de Chile, que entiende la... Educación: ni bien de consumo ni fin en sí mismo

Anyelina Rojas Valdés, Periodista / Magíster en Educación

Anyelina Rojas Valdés, Periodista y Magíster en Educación.

 Al escuchar, hace algunos días, los dichos de Sebastián Piñera, presidente de Chile, que entiende la educación como un bien de consumo y como un fin en sí mismo, no puedo dejar de meditar y recordar el desarrollo teórico y práctico, del destacado educador Paulo Freire, cuya influencia traspasó las fronteras de su Brasil natal.

Freire,  diferencia de Piñera, entiende que la educación es  “un medio para” y, en ese sentido, elabora su propuesta de una pedagogía para la liberación”,  donde se promueve, por cierto, el análisis crítico y reflexivo, de modo que la persona, como actor social,   protagonice un profundo proceso de concientización. Ello, en el sentido de comprender el mundo y las relaciones que se dan a su interior; y  con esto, ir asumiendo un rol fundamental en los necesarios cambios sociales.

  La obra de Freire, surge en momentos críticos, en una América Latina –en los años sesenta- con profundas brechas sociales, donde las personas marginadas del sistema social, tienen  pocas posibilidades de surgir. Son las que denomina oprimidos, y es allí donde vislumbra este proceso de concientización de los niños y jóvenes,  que, integrados al proceso educativo, podrán enriquecerse al avanzar  en una comprensión crítica de la realidad social, política y económica de la que forman parte. A su vez, ese proceso,  les permitirá luchar por sus derechos.  Pero no sólo la propuesta de Freire se orienta a los niños y jóvenes, sino que también a los adultos, a través de lo que denomina como pedagogía crítica, que mayormente se da en instancias informales o de acceso a la educación a través de las organizaciones sociales o alternativas, siempre en el sentido de comprender los entornos sociales.

Me resulta difícil hoy, cuando Chile se encuentra en una gran crisis educacional, no seguir esta línea argumental de Paulo Freire que desde  América Latina conceptualiza acerca de la realidad social de nuestros pueblos, a través de su Pedagogía del Oprimido. E insisto, lo central de su obra, se orienta en el sentido de no perder de vista para qué se enseña. Freire da una dimensión liberadora a la educación, para producir cambios sociales, a partir del despertar de las conciencias. Esto que se dio por los años 60, es hoy todavía… aún… un imperativo. Educar, enseñar, aprender, para la promoción del cambio social y generar nuevas y justas condiciones en la sociedad.

La pedagogía crítica influyó en otras tendencias pedagógicas, que surgen de profundos procesos de cuestionamientos a lo clásico, lo tradicional, lo de siempre. Por ejemplo, el Constructivismo Social, donde se entiende que aprender, no es sólo recibir conocimientos y acumular textos leídos; por el contrario, el aprendizaje, implica que sea significativo para quien aprende, de lo contrario, carece de sentido. No es el profesor el que todo lo sabe. Al contrario, es el mediador de un proceso, donde él mismo, enriquece su propio conocimiento.  Esta visión, sigue marcando la diferencia con el pensamiento del Presidente: la educación, no es un fin en sí mismo.

Al seguir intentando, comprender la lógica presidencial, se me vino a la memoria otro teórico de renombre e influencia, el sociólogo francés, Pierre Bourdieau, que  sostiene que la educación tal como se concibe hoy, es la principal fuente de reproducción de desigualdades. El autor habla de cómo la cultura dominante, se traspasa a través de la actividad educativa, de modo que se moldea al sujeto.  A ese proceso, imperceptible, le llama “violencia simbólica”, como lo plantea en su obra “La Reproducción”

En concreto, esto apunta a la noción de que la enseñanza institucionalizada, produce o reproduce a través de medios propios, las brechas que se expresan en el contexto de la sociedad. Por ejemplo, en Chile, un alumno de enseñanza municipalizada, tiene asegurado en un alto porcentaje, que no ingresará a la universidad. Asimismo, los estudiantes de la enseñanza privada, tienen asegurado en un alto porcentaje, no sólo el acceso a la educación superior, sino que también a las redes de apoyo que le permitirán mantener sus funciones de estatus y rol dentro del sistema. Es decir,  y recogiendo a Bourdieau en el texto citado en el párrafo anterior   “…la reproducción de las relaciones de clase, en realidad es también el resultado de una acción pedagógica que no parte de una tábula rasa, sino que se ejerce, sobre sujetos que recibieron de sus familias cierto capital cultural, y por otro,   un conjunto de posturas, con respecto a su cultura”.

Este análisis me sigue indicando, que la educación no es un fin en sí mismo, y menos, un bien de consumo, que se compre o transe en el mercado.  El Presidente lo dijo y el sentido originario de sus palabras no cambia, por mucho que el experimentado político  y ahora debutante  vocero de Gobierno, Andrés Chadwick, intente  interpretar o reinterpretar los dichos de su jefe, el  Presidente.