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Carlos Salas Lind. Cientista Político. Sorprendentes las palabras de apoyo – que presidente de la república expresó en el foro de las Naciones Unidas...

Carlos Salas Lind. Cientista Político.

Sorprendentes las palabras de apoyo – que presidente de la república expresó en el foro de las Naciones Unidas – a quienes se manifiestan en las calles de Chile, demandando mayor calidad y acceso gratuito a la educación.

Daba la impresión que el presidente solidarizaba profundamente con quienes se sienten atrapados por un modelo insensible, por un orden económico – que él mismo, hace muy poco, terminó representando en su esencia al declarar: “qué en esta vida nada puede ser gratuito”.

Complicado panorama, el que el propio mandatario crea para quienes desearían ver a un gobierno (y la suerte de la coalición que lo patrocina), asumir el precio de un proyecto y la defensa de las ideas que lo sustentan.

Visto desde el otro frente, la confusión y frustración no deben ser menores. Con su última postura – frente al proceso de efervescencia social en el país – el presidente parece renunciar a seguir personificando el triunfo de la alternancia sobre una Concertación moribunda, de una coalición que aprovecha sus últimos suspiros para denunciar la perversión de un modelo que habría sellado su suerte.

Si el presidente termina “pasándose a la oposición sin partidos”, el modelo económico e institucional – que ha servido para contener las demandas sociales de amplios sectores ciudadanos – se debilita irremediablemente, creándose un clima de incertidumbre institucional y económico mayor, no experimentado en las últimas décadas.

Consciente o inconscientemente, el presidente – y esta vez de forma directa ante toda la comunidad internacional – le ha entregado un obsequio valioso a quienes buscan intensificar un debate más demoledor en torno a la inflexibilidad y “poca consideración social” que pre-condiciona el modelo económico vigente.

Si el propio presidente de la república  (y representante de una coalición que nunca ha negado su adhesión al giro económico e institucional que Chile experimentó en dictadura), no asume con fuerza la defensa de este mismo orden, sus detractores se fortalecen.

Si el propio representante de un gobierno de centro-derecha (o derecha a secas, si algunos así lo prefieren),  solidariza con las víctimas del modelo, entonces no hay argumento posible que justifique la ausencia de un diálogo amplio y genuino que busque precisamente restituir derechos ignorados.

A estas alturas del partido (y aunque implique riesgos nada despreciables), el presidente debería comenzar a asumir una posición más inequívoca: o se compromete a corregir las injusticias generadas por el modelo económico vigente, o asume con fuerza la defensa de los beneficios que la mantención del orden económico vigente ha generado o generaría para las futuras generaciones.

Lo otro, un tono conciliatorio extremo, pero falto de contenido y de cumplimiento claro con una de las partes, desgasta la confianza y el compromiso de muchos ciudadanos de distintos frentes, de gente insustituible para mejorar las condiciones de vida en Chile.