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Leonor Quinteros Ochoa, Socióloga/Mg. en Teoría Social  (*) Hasta fines del siglo XIX, lo que se conocía como “locura femenina” era considerado, simplemente, un...

Leonor Quinteros Ochoa, Socióloga/Mg. en Teoría Social  (*)

Hasta fines del siglo XIX, lo que se conocía como “locura femenina” era considerado, simplemente, un problema puramente psiquiátrico. Relacionar este fenómeno ligado a otros de tipo social estaba completamente descartado. Con el surgimiento del Feminismo y con él la larga lucha por la consecución de los  derechos de la mujer, la legitimación de la Teoría Feminista en la investigación social terminó por poner radicalmente en tela de juicio “la locura femenina,” cuestión a la que no se daba otro carácter que el de un tipo de desorden  meramente personal y psicológico. Así lo han establecido diversos autores y autoras, como Anette Schlichter y Phylis Chesler.

En una sociedad donde existe asimetría radical entre los sexos, y en la que el poder político, científico y económico se concentra en los hombres, no resulta extraño descubrir que la violencia de género adopta una multiplicidad de formas. En muchas ocasiones, a “la locura femenina” se la relaciona con el traspasar fronteras invisibles, cuestión que a su vez, se relaciona con la protesta contra el rol social que las mujeres están obligadas a cumplir, mandato que la sociedad androcéntrica les inflige usando todos los recursos disponibles: la tradición, la ley, la religión y la fuerza bruta. Todo ello, en el marco del mito del “eterno femenino”. Esta visión de la mujer era, por supuesto, mucho más fuerte en los siglos pasados, cuando, además,  la mujer comúnmente llamada “loca” era clínicamente estigmatizada y socializada como una persona de naturaleza enferma.

Un caso interesante es el estereotipo de la mujer histérica del siglo pasado, conocido por los médicos decimonónicos como la loca creativa. La verdad es que la histeria fue la enfermedad clásica de la mujer culta en aquella época; es decir, la mujer que habitaba los medios burgueses. A la enfermedad se la  caracterizaba a partir de múltiples síntomas: Parálisis, sordera, estrabismo, bizquera, ataques de tipo epilépticos, fatiga crónica, migraña y otros. El desarrollo de la enfermedad, por lo tanto, era de carácter múltiple. Lo curioso es que aunque el diagnóstico no podía ser más simple e indiscutido, los diversos tratamientos terapéuticos no servian de nada.

A veces, desaparecían los síntomas, para luego reaparecer en otras formas. Al final de los tratamientos, la mayoría de las mujeres eran calificadas como “irreversiblemente enfermas,” sin ninguna posibilidad de cura. El fracaso y consiguiente desaliento de los médicos terminaba en explicaciones nada clínicas: las mujeres histéricas eran, al fin de cuentas, débiles mentales, malas, sentimentales, irracionales, caprichosas, inmorales, y egocéntricas. Existe abundante documentación sobre los “tratamientos” médicos para sanar a las histéricas que dan cuenta de la frecuente extirpación o la quema del clítoris, brutales y constantes cambios de baños desde aguas gélidas a semi-hirvientes, entre otros. 

La causa de aquella forma de histeria femenina no era más que una forma colectiva e inconsciente de resistencia de parte de las mujeres más cultas a la cultura patriarcal imperante en esos tiempos. De partida, recordemos que los fenómenos netamente biológicos femeninos, como la menstruación, y todo el fenómeno de la concepción, el embarazo y el parto, ya declaraban a la mujer como un ser inferior por considerárseles “estados patológicos.” El derecho a la intelectualidad, en verdad, le estaba vedado, puesto que ese derecho “naturalmente” considerado como exclusivo para el hombre. Baste citar al Dr. Paul Julius Muebus, quien en su libro “Sobre el retraso mental de la mujer” sostenía: la mujer que tiene mucha actividad intelectual no sólo produce un daño físico sobre su sistema reproductivo femenino, sino que además, se provoca graves enfermedades.

Esta situación continuó durante todo el siglo XX. Hay importantes descubrimientos de historiadores, que han cuestionado seriamente el diagnóstico de “loca” o “histérica” dado a muchas mujeres sobresalientes; entre ellas, Virginia Wolf, escritora inglesa, Camille Claudel, escultora, para muchos críticos importantes autora de obras atribuidas a su amante Rodin; Théroigne de Méricourt, joven mujer de quien se decía que era “casi tan inteligente como un hombre”, aclamada como la “primera amazona de la libertad” que se destacó por su liderazgo en la revolución francesa en 1789. Cuando Théroigne exigió la participación de las mujeres en la Asamblea Constituyente, fue acusada de “loca” y encerrada de por vida en un manicomio. Existen también serias dudas sobre la “locura” de Juana, madre de Carlos V. 

De ésta, más conocida como “Juana la loca,” se sabe que iba a heredar el imperio de Carlos V. Juana no dejó de alegar por sus derechos, y continuamente se quejaba de las infidelidades de su marido Felipe “El Hermoso,” cuestión que en aquella época ninguna mujer podría atreverse a cuestionar o acusar. Una vez muerto Felipe, esto último fue el pretexto para que la conspiración de la nobleza hispana en su contra lograra el objetivo de desheredarla del trono y encerrarla de por vida en calidad de loca.

A una mujer transgresora del estereotipo femenino todavía se la tilda de “loca” o “anormal”.  En verdad, calificar de locas a las mujeres que transgreden las normas es ejercer control social sobre ellas. Se le resta legitimidad, estatus social, racionalidad, capacidad de pensar, y finalmente, la posibilidad de acceder al poder, que es ámbito masculino. También en Chile muchas mujeres destacadas en el ámbito político y artístico han sido calificadas de locas. Pocas veces en cambio, se califica a los hombres transgresores como locos. La mayoría de las veces se los acusa de “diabólicos” o representantes del “mal” como George Bush, Pinochet, e incluso artistas y escritores que se han opuesto a las normas dictadas por la iglesia o el Estado, como Che Guevara, Wilhelm Reich, o Rasputín entre otros. 

Mientras no se entienda que muchos casos de “locura femenina” van con arreglo al fenómeno aún vigente de la discriminación de la mujer, difícilmente ellas podrán ser debidamente tratadas. Así, vuelve la antigua frustración y la mujer “loca” se vuelve una especie de enemigo social: deja de cumplir su rol de “mujer”. Seguramente, usted también conoce a una “loca”, o, si es mujer, ha sido también calificada de tal, con toda liviandad. La próxima vez que usted u otra mujer sea acusada de “loca” piense también en la violencia de género, por atreverse a transgredir los inhumanos límites del todavía vigente sistema androcéntrico.   

Publicado en la Revista Politika POLITIKA_1_DIC_B