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Iván Vera-Pinto Soto / Magíster en Educación y Dramaturgo El gran novelista de nuestro tiempo, Gabriel García Márquez, en el aniversario 41 de la bomba... Educación y Derechos Humanos

Iván Vera-Pinto Soto / Magíster en Educación y Dramaturgo
El gran novelista de nuestro tiempo, Gabriel García Márquez, en el aniversario 41 de la bomba de Hiroshima, en Ixtapa, México, 1986, hizo una sabia reflexión: “Tal vez nuestro planeta sea mucho menos que una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del Sistema Solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia”

Ante este apocalíptico telón de fondo, parece ser que la educación en los derechos humanos es la mejor de las propuestas posibles para construir una cultura de la conciencia basada en un modelo de justicia llamada paz.

Los difíciles días que aún viven muchos pueblos en Latinoamérica, nos lleva a pensar que, hoy más que nunca, es importante implementar una educación para la paz, los derechos humanos y la democracia. Este contenido educacional no sólo es una necesidad de las sociedades para hacer frente a los cambios y buscar alternativas a los conflictos mundiales, sino que constituye un derecho esencial que tiene que tiene la sociedad civil.

¿Qué podemos hacer los educadores? ¿Cómo puede nuestro trabajo pedagógico contribuir a formar futuros ciudadanos modernos y democráticos? Los investigadores educativos afirman que una de las maneras de empezar a formar ciudadanos con conciencia en los derechos humanos es precisamente haciéndolos participar del debate.

José Tuvilla en su texto “Derechos Humanos: propuesta de educación para la paz basada en los derechos Humanos y del Niño” (1990), señala que la escuela no ha tenido un papel privilegiado en los esfuerzos por alcanzar la paz, la democracia y el respeto de los derechos esenciales del hombre; no obstante esto no debe implicar la negación de la capacidad que ésta tiene para la toma de conciencia sobre los peligros de una cultura articulada en la violencia y la obligación moral de abrir espacios donde las personas puedan pensar, dialogar e imaginar unidas nuevas posibilidades de vida.

Abraham Magendzo, en su “Modelo Problematizado: Un enfoque pedagógico para la educación en derechos humanos” (2005) planteó que los maestros deben motivar a los estudiantes para que “penetren en la historicidad de los derechos humanos, pero no como un relato “neutral” “aséptico”, descriptivo, sino debe rescatarse principalmente los orígenes de poder que los generaron y las dinámicas sociales que los instituyeron”

Por otra parte, es importante que los estudiantes cuestionen tanto las ideologías que se asocian con la utilización de la violencia directa, como también aquella que está sumergida en las estructuras sociales. En otros términos, que tomen conciencia de que la violencia no es el único, ni el más eficaz camino para resolver los conflictos, a pesar que ella nos aplaste diariamente.

De igual forma, es necesario ampliar el compromiso de todos los sectores sociales en la causa de los Derechos Humanos. Esto implica promocionar una cultura que contribuya a erradicar las condiciones implícitas que provocan violencia. Y para que esta cultura sea eficaz es importante considerar las lecciones del pasado de nuestros países, toda vez que las heridas de pobreza aún se mantienen sin cicatrizar.

Tal como señala la “Declaración sobre una cultura de paz” (Naciones Unidas, 13 de septiembre de 1999): “La paz no sólo es la ausencia de conflictos, sino que también requiere un proceso positivo, dinámico y participativo en que se promueva el diálogo y se solucionen los conflictos en un espíritu de entendimiento y cooperación mutuos.”