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Iván Vera-Pinto Soto / Magíster en Educación y Dramaturgo Hacer teatro en provincia requiere de gente comprometida con el arte y dispuesta a luchar con... Teatro con Identidad Regional

Iván Vera-Pinto Soto / Magíster en Educación y Dramaturgo

Hacer teatro en provincia requiere de gente comprometida con el arte y dispuesta a luchar con valentía “contra viento y marea”; superando las limitaciones de toda índole y haciendo un mayor esfuerzo para salir adelante con sus proyectos. La experiencia de elencos provincianos que han logrado perdurar y trascender en el tiempo, nos demuestra que la clave del éxito radica en el trabajo metódico y riguroso. Sin duda, este es el mejor camino para que el colectivo logre mayor eficiencia y  alcance las metas trazadas.

 Desde hace mucho tiempo, he visto nacer en diversas latitudes con entusiasmo a numerosos elencos, pero a muy pocos mantenerse vigente en escena. Las razones son variadas: Falta de recursos económicos, pérdida de liderazgo, quiebres internos, ausencia de organización, agotamiento de la creatividad, insuficiencia de herramientas, etc.

Incluso, en más de alguna ocasión, he escuchado decir “que si no se cuenta con financiamiento no se hace teatro”, como si la creatividad dependiera exclusivamente de los fondos que pueda otorgar una entidad. A veces el artista en las condiciones más austeras es capaz de crear una obra con dignidad, básicamente porque goza de talento y de un inmenso compromiso social con su comunidad.

En provincia, los que hacen teatro, son sustancialmente no-profesionales, ya que no reciben sueldos; a pesar de ello, no pocos son creadores experimentados que manifiestan  una alta responsabilidad con sus principios y valores. Son artífices tenaces con sus objetivos, estilos y discursos. Además, en su mayoría, son críticos en los mensajes que transmiten en sus realizaciones y dignos en sus producciones; aunque no todos tienen solidez ideológica y política en su quehacer.

Esto último es un factor  muy importante para que el teatro tenga trascendencia en la comunidad que representa. Precisamente, Luis Emilio Recabarren, cuando fundó en Iquique el “Círculo Arte y Revolución”, a comienzo del siglo pasado, tuvo que enfrentar un clima represivo, censurador y con pocos recursos financieros para efectuar sus montajes escénicos y su proyección social, la cual, además,  fue permanente y relevante entre la masa obrera. A pesar de todos estos contra tiempos, mantuvo en alto su proyecto artístico (1912-1933), porque conservaba una solidez ideológica y una consecuencia en sus principios educativos, sociales y políticos que militó.

Por otro lado, creo que los teatristas locales requieren de un constante apoyo formativo, perfeccionamiento y actualización. Lamentablemente, en regiones no contamos con universidades ni escuelas profesionales que  permitan a los teatristas tener un mayor desarrollo en su área, menos aún si vivimos en los confines de un país tan largo y centralista como el nuestro.

Ante la carencia de recursos técnicos sólidos, algunos gestores de provincia intentan repetir y copiar producciones que están de moda o que supuestamente representan a movimientos más innovadores de la escena nacional. Suele ocurrir que, en algunos aspectos, esas repeticiones no tienen una relación profunda con el territorio y la cultura donde se está proyectando.

Por la experiencia personal puedo observar que el público regional pide otro lenguaje, otra temática, otro tipo de propuestas diferentes a los capitalinos. Es decir, demanda un teatro que no privilegie exclusivamente “el arte por el arte”; sino que la forma o medio que se elige para expresar los contenidos, tenga sustancia, posea peso ideológico y pertinencia con la realidad social que la sustenta.

Al respecto, recuerdo que en los años 70 la mayoría de los jóvenes teatristas queríamos (por moda) hacer el teatro de Jerzy Grotowski, me refiero al maestro polaco que instaló el concepto “hacia un teatro pobre”. Nuestras lecturas eran tan limitadas que creíamos que todas las producciones debían ser extremadamente sobrias y basadas en una “gimnasia teatral”. Nada más lejano.

Al tiempo, cuando tuve la ocasión de ver un espectáculo “grotowskiano” de verdad (Festival de Teatro de la UNESCO. Ayacucho, Perú, 1979),  me di cuenta que el “teatro pobre” tenía un soporte y un significado diferente a nuestra precaria interpretación. Esto suele ocurrir hasta nuestros días. Muchos iniciados en teatro, motivados por ciertas “modas artísticas”, se internan en realizaciones artísticas “experimentales”, las cuales aún le falta comprender e internalizar de manera madura y sistemática.

Todo esto conlleva a una “puesta en escena”  muy formal y estereotipada. Indudablemente, el teatro – como toda manifestación artística – exige que sus creadores e intérpretes mantengan una actitud de búsqueda y experimentación de nuevas formas para proyectar los discursos teatrales, pero ello también implica estudio serio y a partir de fuentes fidedignas.

Con mis más de cuatro décadas de experiencia teatral en Iquique, he llegado a la conclusión que en provincia no hay que imitar a nadie; por el contrario, es necesario gestar una práctica y estética propia. No quiero con esto aludir a una  xenofobia ni a una cuestión regionalista; en contraste, creo que el arte es universal, no existen límites geográficos y culturales. No obstante, me he dado cuenta que tiene mayor impacto y valía aquel arte que se  genera de las experiencias más cercanas, más personales y que tengan una arraigo con nuestra cultura local.

Por otra parte, si somos capaces de vincular nuestro imaginario subjetivo y personal con algunos elementos identitarios de nuestra región o país, es mucho más factible que nuestras creaciones tengan mayor influencia en un público que, como el nuestro, vibra y se siente interpretado cuando los teatristas se apropian y recrean su realidad social. Justamente, ese fue el camino que siguieron Jerzy Grotowski y Eugenio Barba, quienes optaron hacer teatro en las provincias de Polonia y Dinamarca, poniendo en escena las tradiciones y los grandes dramas que tenían resonancia en el imaginario de sus pueblos.

En definitiva: los que hacemos teatro en provincia, tenemos la obligación de alcanzar un lenguaje, una estética propia y pertinente a nuestra realidad cultural, a  partir del estudio de la identidad regional y de las técnicas universales puestas al servicio de nuestras demandas y necesidades culturales.