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Julio Cámara C./Consejero Regional CNCA – Tarapacá Cada cierto tiempo reaparece públicamente el tema, o mejor dicho la vieja pretensión de explorar la factibilidad... ¿Playa artificial o rompeolas?

Julio Cámara C./Consejero Regional CNCA – Tarapacá

Cada cierto tiempo reaparece públicamente el tema, o mejor dicho la vieja pretensión de explorar la factibilidad técnica de tranquilizar el ímpetu de las olas de Playa Brava, y tornarla de una buena vez en playa “amigable”, apta para el baño, disfrute y esparcimiento de la gente de Iquique y la región. Con el agregado de contribuir también a incrementar y desarrollar el turismo.

Recientemente la idea fue reflotada nuevamente por la primera autoridad regional, quien se refirió a la construcción de una “playa artificial” en el sector, lo que provocó de inmediato escozor y debate público, sobre todo por los altos costos que demandaría tal iniciativa en desmedro de otras prioritarias carencias ciudadanas. Y vaya que las tenemos, en diversos ámbitos, en especial en el de la salud, en donde siempre parecemos deficitarios.

Asumo que esta idea o propuesta, como de otras anteriores, se sustenta en que debemos, más temprano que tarde, hacernos cargo que el crecimiento y expansión que Iquique ha experimentado en los últimos 20 año y, más aún, la vecina comuna de Alto Hospicio, ha conducido a que el balneario Cavancha quede al borde del colapso durante el periodo veraniego, y se requiere, por tanto, visualizar otras opciones de playas urbanas similares a Cavancha. Y eso sin contar que la masiva afluencia de turistas entre diciembre y marzo incrementa notoriamente la concurrencia a dicha reconocida playa.

De allí que, enfrentados a este déficit playero, y haciendo pesimistas proyecciones a futuro, surge insistentemente como una alternativa viable la idea de recuperar Playa Brava, que con una extensión aproximada de 2,3 kilómetros representa más del doble de Cavancha, Pero, se trata de una playa que le hace honor a su nombre y, por lo mismo, no es accesible para que la gente disfrute de sus aguas. A menos, claro, que se inviertan considerables recursos para transformarla en una playa similar a Cavancha, pero, con la ventaja de una mayor extensión.

La última vez que se abordó seriamente un proyecto de recuperación de Playa Brava, fue en el contexto del Bicentenario de Chile, en que las regiones debían diseñar y concretar proyectos relevantes que tuvieran, por su magnitud, impacto y reconocimiento ciudadano, el sello Bicentenario, es decir, la materialización de obras que perduraran en la percepción de la gente como resultado histórico de tal conmemoración.

En el caso de Tarapacá, a diferencia de otras regiones, no hubo en la cartera de inversiones públicas ningún proyecto que por sus características y connotación ciudadana mereciera el sello Bicentenario. En tal situación, el CORE de la época decidió aprobar el diseño del proyecto de construcción de un rompeolas, destinando un monto cercano a los 500 millones de pesos para la contratación de una consultoría especializada, que realizara los estudios técnicos respecto de su factibilidad, así como los costos y tiempo de ejecución de obras.

Y bien, la “pega” se hizo, y la empresa a cargo entregó sus conclusiones, que consideró más de una opción técnica y costos asociados. Y como los costos de pasar a la fase de ejecución resultaron cuantiosos para los montos presupuestarios que se manejaban, se desechó la idea de continuar adelante, y allí quedaron los resultados de la consultoría, de seguro en algún archivo del gobierno regional.

Y hubo también, obviamente, y desde distintos sectores, las mismas objeciones que generaron el reciente anuncio de “playa artificial”, y los consabidos cuestionamientos y comparaciones respecto de otras necesidades prioritarias para la región. Aunque me inclino a creer que en el caso del anuncio de la autoridad regional se trataría más bien de una idea que aún no tiene fundamentos técnicos ni estimaciones de costos.

La construcción de un rompeolas en Playa Brava era un proyecto que, a mi juicio, sigue mereciendo sobradamente la denominación Bicentenario, conforme a los parámetros que se fijaron para iniciativas que pusieran de relieve dicha conmemoración republicana.

Se trataba de una intervención a gran escala que generaría cambios urbanísticos de suma importancia para la ciudad, y que concluiría con la construcción de un balneario único en Chile, cuya extensión de casi 4 kilómetros iría desde Cavancha hasta el cruce de la Avenida Chipana, con un alto impacto social y económico no solo en materia turística sino también en la calidad de vida de todos los que habitamos la región.

No dudo que ello implicaría una inversión pública de magnitud, y quizá un “lujo” excesivo que no podríamos permitirnos ante otras carencias sociales de mayor prioridad. Pero, alguna vez debiéramos reclamar también del centralismo “una vuelta de mano” y exigir una retribución histórica por los decisivos aportes de la región a las finanzas del país, que se remonta desde la época de la industria del salitre para continuar hoy con el cobre.

Como región nos merecemos dicha retribución, es decir, recursos de excepción para acometer un proyecto también de excepción, como lo sería el rompeolas. Por lo demás, el centralismo no tiene remilgos a la hora de poner recursos para resolver sus complejos problemas. Solamente a modo de ejemplo: a octubre de 2016, los recursos aportados desde sus inicios al funcionamiento del transantiago se elevaban a los 6 mil millones de dólares. Equivalentes al costo de construir nada menos que unos 60 rompeolas.

No es imposible construir un proyecto de esta envergadura. Su materialización nos situaría ante la oportunidad, casi histórica, de construir una extensión de borde costero continuo, y convertirlo en el gran paseo de la ciudad, posicionando a Iquique como el balneario por excelencia de toda la zona norte del país, mejorando la calidad de vida de nuestros habitantes, cambios que sin lugar a dudas podrían disfrutar en plenitud los hijos de la generación del Bicentenario.

 

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