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Haroldo Quinteros Bugueño / Profesor ¿Era necesario el holocausto atómico en Hiroshima y Nagasaki? Nuestra respuesta es un rotundo NO, opinión que en su... 6 de agosto de 1945: Las verdaderas razones del bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki

Haroldo Quinteros Bugueño / Profesor

¿Era necesario el holocausto atómico en Hiroshima y Nagasaki? Nuestra respuesta es un rotundo NO, opinión que en su tiempo compartieron prácticamente todas las grandes personalidades del mundo de la Ciencia, la Filosofía y el Arte. La Humanidad entera recuerda el día 6 de agosto de 1945 como la atrocidad más espantosa cometida por el hombre. Este acto fue tan inútil como evitable, como lo prueban los hechos históricos.

Cuando terminaba la II Guerra Mundial en agosto de 1945, cientos de ciudades habían sido arrasadas en Europa y Asia, y 40 millones de seres humanos habían perdido la vida. La destrucción atómica de Hiroshima y Nagasaki, con la muerte inmediata (en su mayoría por evaporación) de unas 200.000 personas y por lo menos de un millón que siguieron muriendo durante varios meses y años después del bombardeo, más otro millón de lesionados (mutilados y ciegos) hasta su muerte, vino solamente a hacer más brutal esa tragedia. Era el uso de una fuerza monstruosa, la más destructiva concebida por el hombre con el fin de matar a sus semejantes. En verdad, no hay explicación racional posible para este horrendo crimen, excepto la ambición y la inescrupulosidad política. Veamos:

Lo primero que debe quedar en claro es que el fin único que tenía la construcción de la bomba atómica era lanzarla por una sola vez sobre Alemania, en aras de impedir que el Estado nazi alemán terminara por exterminar por completo al pueblo judío. Eso explica por qué el equipo de científicos que la fabricó, asignado por el gobierno estadounidense, estaba casi enteramente compuesto por físicos de origen judío, lo que no es ninguna suposición, aunque sea muy lógica. Así lo declaró explícitamente el jefe de este equipo, Julius Robert Oppenheimer.

En mayo de 1945, ocho divisiones soviéticas (de la Unión Soviética, URSS, hoy Rusia), ocupaban Berlín, y con ello, Alemania se rendía ante la URSS. Por lo tanto, salvados los judíos que sobrevivieron a la matanza de los nazis, el objetivo de construir y lanzar la bomba sobre Alemania era nulo, porque la bomba atómica vino a terminar de construirse a mediados de julio de 1945, cuando la Alemania nazi ya no existía. Cuando EE UU la lanzó sobre dos inmensas ciudades de Japón, su gobierno, encabezado por el Presidente Harry Truman, adujo como excusa a ese horror que se lanzaron para “evitar la pérdida de más vidas estadounidenses” (sólo de soldados, obviamente). Nada más falso. En julio de 1945, dos de las tres potencias del Eje (Alemania, Japón e Italia) estaban completamente derrotadas. Sólo faltaba Japón, que en ese mismo mes de julio, aunque ya no tenía marina ni aviación, se resistía a rendirse ante su archi-enemigo, Estados Unidos, en razón del sentido irracional nacionalista que caracterizó a los tres países del Eje fascista.

Documentos japoneses de la época dan cuenta que Japón buscaba rendirse ante los rusos, que ya habían entrado al país por el norte, ocupando un grupo de islas, las Kuriles, como también por el noroeste de China en la región del ManchuKuo (Manchuria). El estado mayor militar nipón concentró sus fuerzas de tierra en Manchuria, contemplando dos alternativas finales: conservar esa rica región si conseguían derrotar la invasión soviética en Manchuria, o, en caso de ser derrotados, rendirse a la URSS. Si bien el mayor esfuerzo de guerra de los aliados (Estados Unidos, la Unión Soviética y, con menor peso, Inglaterra) contra Japón lo realizó EEUU, su aliada, la Unión Soviética, lo había hecho contra Alemania. Ello ameritaba un “trato entre caballeros,” que fue recabado y firmado en Yalta, en la URSS, en febrero de 1943, cuando la derrota del Eje ya era segura. El trato consistía en repartirse Alemania y Japón, luego que estos países se rindieran. La victoria rusa sobre Alemania, con la rendición oficial de ésta ante la URSS, se había producido el 2 de mayo de 1945, tres meses antes del bombardeo atómico de Hiroshima, y Alemania fue dividida, cumpliéndose el trato.

Ahora bien, la repartición de Japón entre EEUU y Rusia, tenía que producirse sólo si los rusos, de acuerdo al artículo Nº 8 del Tratado de Yalta, después de vencer a los alemanes, acudieran al Este en apoyo de EEUU contra los nipones, en caso que los estadounidenses aún no consiguieran la rendición de la potencia asiática. Los rusos cumplieron rigurosamente su parte en el compromiso, ocuparon Manchuria y territorios insulares del norte de Japón. El plan “B” de Japón (rendirse a la URSS) estaba dando resultados, aunque los nipones sabían que la derrota significaba la división del país, tal como ocurrió con Alemania. Está totalmente acreditado documentalmente el hecho que la URSS estaba dispuesta a la división de Japón con EE UU, aunque los nipones se rindieran ante ella, tal como había ocurrido con Alemania, que, repito, había sido dividida y repartida en mayo de 1945.

No obstante lo expuesto, EEUU, intempestivamente, de un día a otro, y ya en posesión del arma atómica, decidió no cumplir con el Tratado de Yalta. Su decisión fue ocupar Japón entero, obligando a los japoneses a una rendición total y unilateral ante EE UU, en la persona de Douglas McArthur, Comandante en Jefe de las tropas estadounidenses en el frente oriental. Para ello, serviría el arma nuclear, y el 6 de agosto, y con tal objetivo lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica. Esto ocurrió, insisto, aunque los rusos habían cumplido con el Tratado de Yalta en sus dos partes fundamentales: la repartición de Alemania (aunque sólo se rindió ante los rusos), y la invasión de Manchuria y el norte de Japón, con la ocupación de las islas Kuriles que Rusia controla hasta hoy.

Después del bombardeo atómico de Hiroshima, ocurrió, sin embargo, un hecho que EE UU no esperaba: Japón no se rindió inmediatamente, pensando que EE UU cumpliría el Tratado de Yalta, y así conseguir una rendición lo más honorable posible ante un país que no fuera EE UU. Trágica fue esa vacilación. Después de Hiroshima, EE UU, lanzó una segunda bomba atómica, esta vez sobre Nagasaki, otra gran ciudad. Obviamente, Japón terminó por rendirse ante los norteamericanos. La URSS, desde luego, no podía reclamar la parte del botín de guerra que le correspondía por haber cumplido su compromiso de dar el golpe de gracia a los japoneses en Manchuria. EE UU, era ahora el “matón del barrio.” Era el único posesor del arma nuclear, y podía imponer su voluntad.

Por años, Oppenheimer, el constructor de la bomba, horrorizado, condenó ante todo el mundo el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Su protesta por poco lo llevó a la cárcel. Como la víctima más ilustre de la naciente Guerra Fría entre EE UU y la URSS, fue acusado de “comunista,” y hasta de agente encubierto de los soviéticos, en los marcos de las persecuciones del “macarthyismo,” término derivado del nombre del senador Joseph Mc Carthy, el célebre “cazador de brujas” anti-comunista que hizo encarcelar y hasta ejecutar (como a los esposos Rosenberg) a miles de personas y conocidas personalidades sospechosas de “comunistas” y colaboradores de la URSS.

Con el bombardeo atómico, en años de mucha tensión política en el mundo, EEUU había conquistado un suculento botín. Japón era el único país desarrollado de Asia, y la mejor base imaginable para expandir su poderío económico y militar hasta el extremo oriente del mundo. Esa es la verdad histórica, y la única y trágica razón del holocausto atómico. Con sus bases militares en Japón, EE UU podría impedir que los comunistas chinos finalmente ganaran la guerra civil que venía arrastrándose en ese país desde los inicios de los años 30. También así podría frenar a los comunistas en Corea e incluso en Indochina (Vietnam), ocupada como colonia por Francia. De todo ello, apenas consiguió la división de Corea en 1953.

En fin, ¿podría alguien afirmar que el horroroso holocausto atómico de Hiroshima y Nagasaki tuvo alguna justificación?

 

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