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Julio Cámara C. / Consejero Regional CNCA – Tarapacá El sol de la pampa a eso del mediodía arreció con más intensidad sobre los vestigios... Una estrella en la mano

Julio Cámara C. / Consejero Regional CNCA – Tarapacá

El sol de la pampa a eso del mediodía arreció con más intensidad sobre los vestigios de lo que alguna vez fue la oficina salitrera Victoria. Para el centenar de personas congregadas allí, algunos guarecidos bajo toldos, otros a pleno sol, la intensidad del clima parecía mezclarse con los sentimientos y las emociones que embargaban a los presentes, la mayoría ex habitantes de dicho importante campamento, que el pasado sábado 05 de agosto, desandaron caminos para regresar a sus raíces vitales.

Era una cita con el pasado, con la historia siempre latente, y que nadie que haya vivido en la pampa, quiere borrar de su memoria u olvidar en sus corazones. El regreso estaba inspirado, en esta ocasión, para reconocer y agradecer a los maestros de la escuela de hombres número 51, y este noble gesto solo tendría la grandeza y la solemnidad de una ceremonia para atesorar entre los recuerdos si se concretaba en el mismo lugar donde años atrás estuvo el establecimiento.

El sonido de la campana llamando a un simbólico inicio de clases fue la señal para comenzar una ceremonia plena de emociones. Era el reencuentro entre profesores y alumnos, entre maestros y discípulos, que al cabo de los años vuelven a las aulas que ya no existen y que no son impedimento alguno para decir presente una vez más, y renovar el compromiso de que mientras haya vida y salud, habrá el tiempo para seguir expresando el agradecimiento a quienes entregaron a la infancia pampina las primeras herramientas del conocimiento para caminar con algunas certezas por este mundo, cada día más incierto y convulsionado.

En las oficinas salitreras la tarea de impartir la enseñanza primaria recayó principalmente en los maestros normalistas, una estirpe de hombres y mujeres de excepción, que hicieron de su labor una misión a cumplir más allá de los límites de la escuela, acompañando cercanamente al alumnado, reforzando y apoyando el proceso formativo individual y grupal. Con una vocación que desafiaba las contradicciones del clima del desierto y muchas veces la carencia de medios, los maestros normalistas, un título que ostentaron con legitimo orgullo, llevaron adelante con una tremenda dignidad, generosidad y conciencia de su responsabilidad para con la educación pública, la tarea de “formar y preparar ciudadanos para la vida”, como bien lo afirmó una de las maestras homenajeadas.

Me refiero a doña Victorina Muñoz, la última directora de la escuela 51, quien en su emotiva intervención señaló como un privilegio el haber sido formada en la Escuela Normal de Antofagasta, oportunidad que ella graficó casi poéticamente como “tomar una estrella con la mano”, y que una vez recibida la llevó desde su natal Iquique, a los campamentos de la pampa para iluminar con el conocimiento las aulas escolares de Victoria, a través de una dilatada y fructífera labor, que su alumnos, muchos de los cuales siguieron la misma ruta de la docencia, aún valoran y agradecen.

Hubo, por cierto, otros reconocimientos, a Gilberto Vigueras, maestro de maestros, a Ronny Velásquez, pampino de cepa, nacido en la misma oficina Victoria, de la que salió para estudiar también para ser maestro primario, y que luego regresa a su tierra con su “cartón” bajo el brazo a impartir enseñanza a nuevas generaciones de pampinos. También recuerdos especiales para la figura de Gustavo Soto, padre del actual rector de la UNAP, del mismo nombre, lo que reafirma la sentencia que en la vida muchas veces el discípulo supera al maestro.

A diferencia de lo ocurrido con Humberstone y Santa Laura, cuando la oficina salitrera Victoria paralizó sus actividades productivas, a fines de los 70, fue de inmediato prácticamente arrasada, con un afán demoledor incomprensible, en el vano intento de pretender borrar toda evidencia y sepultar el pasado, destruyendo lo material, las edificaciones. Las mentes mezquinas que idearon tal condenable acción, ejecutada con saña y frialdad, no sabían ni conocen aún, la fuerza de la memoria que anida en los hombres y mujeres de Victoria, como también de otros campamentos que desaparecieron.

Parte de esa fuerza, fue la que se exteriorizó con nuevos bríos el sábado 05 de agosto bajo el limpio cielo de la pampa. Nuevas generaciones de descendientes de pampinos, a tono con los tiempos y mejor apertrechados en el conocimiento de variadas disciplinas, reciben el legado de esta memoria, cuyas semillas fueron sembradas en fértil terreno por maestros normalistas, y contribuyen a multiplicar la luz de una estrella que se niega a morir.