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Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista social, pedagogo y escritor Cuando llegan las fiestas patrias, me viene a la memoria toda la parafernalia publicitaria montada para lograr... La supuesta chilenidad

Iván Vera-Pinto Soto/ Cientista social, pedagogo y escritor

Cuando llegan las fiestas patrias, me viene a la memoria toda la parafernalia publicitaria montada para lograr que consumamos más mercancías, al igual que en la Navidad, el día del niño, de la madre, del padre y de tantas otras fechas inventadas por el marketing.Es por eso que, irremediablemente, evaluamos la calidad de las festividades vividas de acuerdo al nivel de ingresos que tengamos en ese momento. Penosamente en estas celebraciones nuestro postizo nacionalismo se reduce a la adquisición de ropas, alimentos, tragos y música importada.

Simplemente la festividad patria es pretexto para sacarnos el peso del trabajo, evadirnos de los problemas (si es que podemos) y reventarnos el hígado con alcohol. Por otro lado,los supermercados y los centros comerciales ensamblanen sus espacios exhibiciones de “chilenidad“, poniendo fardos, carretas, niñas disfrazadas de huasas y muchas banderitas tricolores; de modo que las personas urbanas que nunca han visto esas cosas pudieran saber lo que es ser hipotéticamente chileno.La incongruencia es que, sin duda, el fin de todo esto no es que se intente recuperar una identidad que se va perdiendo, sino más bien aprovechar el tema como cebo para que la gente consuma en las casas comerciales. So pretexto de salvar la “chilenidad” se invita a la gente a que defina su identidad en función de las marcas  y del consumo exclusivo internacionalizado. En pocas palabras, aprovechar las fiestas para fomentar el “consumismo”, comportamiento que tiene por objeto obtener mayor status social, o la falsa idea de que comprando objetos aumenta la felicidad.

Otras señalesque se manifiesta en esta fecha es la débil difusión de la olvidada música nacional, ésta se oye cada vez menos e incluso en las ramadas dieciochenas, la cueca, el cachimbo, el trote y la música de las regiones en general resurgen ocasionalmente; la gente pareciera preferir bailes ajenos (cumbias, reggaetón y la salsa). De igual manera, en la juventud surgen con mayor fuerza grupos roqueros, raperos y punk que imitan no sólo la música sino también las vestimentas y las conductas de sus modelos europeos.Salvo nuevos conjuntos que adoptan nuestras raíces folclóricas y las logran amalgamar armónicamente con nuevas composiciones y renovados sonidos. Los deslucidos y uniformados “símbolos patrios” han ido perdiendo fuerza: cada vez menos son los vecinos que se molestan en poner banderas chilenas, aunque ellas tampoco sean, necesariamente, reflejos de una “auténtica” chilenidad. Los hábitos alimentarios también han ido cambiando sometidos al bombardeo sistemático de pizzas y hamburguesas americanas que van lentamente desplazando los llamados tradicionales platos chilenos.

Ahora bien, si inspeccionáramos la programación de las radioemisoras en el país  nos sorprenderíamos con la poca cantidad de programas que emiten música nacional (folclórica y urbana). Es evidente que el mayor porcentaje está dedicado a otros estilos musicales impropios a nuestra idiosincrasia. Frente a esta realidad, existen aún escasas transmisiones específicas de protección de nuestra música,excepto aquellas que emanan de radioemisoras puntuales y  a la extraordinaria labor de todos los folcloristas que siguen, a pesar de los bemoles,preservando nuestra música en los pocos escenarios destinados para ella. En esta área el Estado hace muy poco. Antes, en cambio, creaba sellos discográficos para posicionar la música folclórica en el mercado nacional e internacional;hoy,por el contrario, no hay nada. La música está en manos de las compañías discográficas transnacionales que nos hostigan con la música comercial, perjudicando abiertamente el desarrollo musical chileno.

Es necesario también aceptar que la socorrida “chilenidad” nunca ha sido algo estático, sino que ha ido transformándose en la historia, sin por ello implicar una alienación o traición a un imaginario esencial que supuestamente nos habría fundado como chilenos. Por esta razón resulta muy difícil establecer con claridad la línea divisoria entre lo propio, como algo que debe ineludiblementecustodiarse, y lo ajeno, como algo que desperfila. Los rasgos culturales raras veces son “puros“y más bien llegan a ser propios en procesos complejos de adaptación. Incontables elementos de la pretendida “chilenidad”, impuestos por el Estado nacional, fueron tomados externamente, acomodados, reconstruidosyafiliados en ciertos contextos históricos.

A la luz de los hechos, costumbres de las grandes metrópolis van desintegrando,día a día, cada una de las expresiones culturales que el Chile ficticio no supo amparar. Tal vez es doloroso colegirque nunca en nosotros ha existido la manoseada“chilenidad”, puesto que asociamos este concepto con una imagen estereotipada y construida desde la visión oficial central que nos confunde y nos llena de contradicciones. En otros términos, se ha ejercido desde mucho tiempo sobre la ciudadanía una suerte de “autoritarismo cultural capitalino” que no respeta la existencia de la multiculturalidad y las diferencias culturales que nos caracterizan en cada región.

De esta manera, el Estado nacional ningunea las concepciones, visiones y elementos identitarios particular de cada territorio. Esta situación conlleva a negar la existencia de un Chile real, impidiendo a los pueblos originarios y a las provincias expresarse e interactuar de manera democrática y popular. Desde esta mirada se desprende la imperiosa necesidad de materializar efectivamente la descentralización del país en todos los ámbitos: político, económico, cultural y mental.

No es democrático edificar un concepto de “chilenidad” a partir de una perspectiva excluyente, en donde la figura de la cultura criolla-campesina central es homogénea para el todo el territorio nacional. En nuestro Norte Grande no tenemos huasos, menos casas patronales, alamedas ni sauces llorones al borde de los ríos. Por cierto todo ese paisaje corresponde a otra realidad geográfica, muy diferente a los áridos desiertos y acantilados que forman parte de nuestra realidad y del imaginario colectivo.

Nosotros, los tarapaqueños, somos herederos de culturas ancestrales que poblaron estas tierras desde antes que llegaran los españoles y los chilenos. No tenemos nada que ver con el patrón colonizador de la “chilenidad” asociada a la “pura” hispanidad y al criollismo. Por el contrario, nuestra identidad cultural está vinculada a la cultura aymara, quechua y al amplio repertorio de las culturas etnoamericanas, muy diferente al paradigma impuesto a través del proceso de “chilenización”, gestado por el Estado nacional después de la Guerra del Salitre. Creo que esees el punto sustancial que aún falta discutir y resolver democráticamente.

Es indudable que nuestra verdadera “chilenidad” no se sustenta en una sola realidad, en contraste, responde a un conjunto de culturas y procesos simbióticos (mestizaje) que se apoyan en variadas historias y geografías, las que tienen un importante arraigo en cada punto territorial.Correlativamente, no podemos hablar de una sola identidad nacional unificadora, es más objetivo y congruente reconocernos como un país con diferentes identidades locales, manifestadas en “chilenidades particulares”, que tienen características comunes, pero que a su vez las diferencian rasgos propios.

Otra contradicción que surge por estos días de celebración, es la imposición de ciertos ritos: Te Deum y el desfile militar. Partamos por la primera. ¿Tiene la iglesia católica moral para dar gracias a Dios por la independencia de nuestra patria? La verdad es que no tiene ninguna potestad de hacerlo, pues la historia nos demuestra que fue esa misma iglesia la que se opuso tenazmente a la independencia de las colonias españolas de América.Y si alguien se ofende por lo que aquí afirmo lo invito a revisar dos encíclicas emanadas por el Papa Pío VII (30-9-1816), cuando llamó a los sacerdotes de América a “no perdonar esfuerzo para desarraigar y destruir completamente la cizaña de alborotos y sediciones que el hombre enemigo sembró en esos países…”

La segunda encíclica (24-9-1824) estaba firmada por el Papa León XII. En ellas se referían a los gobiernos patriotas como “Juntas que se veían salir, a la manera de langostas devastadoras de un tenebroso pozo, que se concentraban en ellas, como en una inmunda sentina, cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas”. La verdad histórica es demoledora la jerarquía eclesiástica católica estuvo siempre en contra de la independencia de los países sometidos por el imperialismo hispano. Para prueba un botón: El 28 de enero de 1824, junto a la oligarquía participó en el derrocamiento del Gobierno de Bernardo O´Higgins, prócer de la Independencia de Chile.

Sobre la segunda contradicción: el tradicional desfile por las celebraciones de las glorias del ejército. En este caso, también me permitiré recurrir a los antecedentes históricos. Cuando Bernardo O’Higgins fundó el ejército nacional, lo hizo pensando en un estamento militar totalmente independiente del yugo español y con la intención de iniciar la lucha emancipadora contra rey hispano. No obstante, este ejército fue transformado en otro que no siempre ha sido fiel heredero del “padre” de la Patria. Muchas veces ha sido utilizado en contra de su propio pueblo, perpetrando infinidades de masacres y creando profundas divisiones entre los chilenos. En esa línea, muchos connacionales aún viven los efectos postraumáticos de la dictadura militar impuesta el 11 de septiembre de 1973.

Es probable que algunos no se den cuenta de la situación paradójica y absurda que vivimos en esta fecha; ya que celebramos con regocijo las festividades de la Patria y, a su vez, aún lloramos por las víctimas del genocidio ocurrido en ese negro mes de septiembre de hace más de cuarenta años. Para un buen observador externo, sin temor a equivocarme, estas conductas extremas son propias de un país esquizofrénico, lo que estoy seguro no desearíamos ser.

Para concluir, pregunto: ¿Cómo debemos demostrar nuestra chilenidad? Algunos dirán:“cantar con emoción y con la mano en el pecho el himno nacional”; otros, “pintarse la cara con los colores patrios” y,algunos,“disfrazarse de huaso”. Bueno, creo todos esos comportamientos son simples banalidades insustanciales que no valen la pena discutir. Lo sustancial es saber que la “chilenidad” debe expresar todos los matices y peculiaridades culturales que conforman esta “gran familia nacional”. En el fondo, debe ser expresión de la multiculturalidad, de lo comunitario y de lo positivo de nuestra esencia nacional y regional.

El espíritu de  “chilenidad” no debe estar solamente presente para el 18 y 19 de septiembre, por el contrario, todo el año y en todas nuestras buenas conductas ciudadanas. La “chilenidad” debe ser un faro que guie nuestro futuro en un clima de respeto a los derechos humanos, solidaridad, comprensión de las diferencias, tolerancia, justicia e inclusión social. Del mismo modo, ese sentido de “chilenidad” debe verse expresado en el currículum escolar, incluyendo, por ejemplo, en nuestra Región Tarapaqueña, su folclore, la cultura de nuestros pueblos ancestrales, la historia no contada por las letras oficiales, la memoria de nuestros héroes anónimos, las luchas obreras, el movimiento sindical en los tiempos duros del auge de la industria salitrera, entre otros tantos tópicos escamoteados y silenciados.

Es tiempo de consolidar puentes de reencuentro que faciliten avanzar en la verdad, la justicia y la reconciliación; derribando los muros que nos separan social, económica y políticamente, para poder vivir definitivamente en paz y armonía. Si alcanzamos estos propósitos, entonces podrá florecer un sentido de “chilenidad” auténtico, sustancioso, original y consistente que será capaz de superar los folclorismos, las imágenes impuestas, las cadenas que aún atan la vida democrática y libertaria. Especulo que en ese momento seremos verdaderamente libres, auténticos y fidedignos portadores de la riqueza cultural que forma parte de nuestro país y que proviene de mucho más de doscientos años de independencia nacional.