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Iván Vera Pinto Soto/ Cientista social, pedagogo y escritor En una feria de esas que se instalan al lado sur de la ciudad, me encontré... Las ferias populares

Iván Vera Pinto Soto/ Cientista social, pedagogo y escritor

En una feria de esas que se instalan al lado sur de la ciudad, me encontré un día con un curioso aviso que decía: “Este es el mall del pueblo”. Era uno de esos tradicionales espacios creados por esforzados negociantes que acostumbran a ofrecer todo tipo de mercancías: abarrotes, vestuarios, artículos de plásticos, bazares, jugos naturales, productos agropecuarios, artesanías, muebles, antigüedades, libros, ropa usada etc. Sin duda, era una de esas tantas iniciativas que por décadas han desarrollado cientos de pequeños emprendedores, en precarias condiciones económicas y con poca atención del Estado.

En la ocasión observé que las altas ni las bajas temperaturas hacían mella en el entusiasmo y en el brío de hombres y mujeres por salir adelante en una vida que le ha sido preferentemente esquiva. Era una masa humana que ha sufrido en carne propia la cruel cesantía y que se ha cobijado en estas tierras escapando de la pobreza  y con la ilusión de encontrar un digno medio de subsistencia.

En los últimos años algunos sectores de esta disímil comunidad han recibido el apoyo de los órganos gubernamentales, a través de planes de capacitación; otros, en cambio, han continuado el difícil camino del vendedor ambulante, transitando peligrosamente al borde de las normas municipales y perseguidos por las autoridades empeñadas en eliminar el comercio no establecido.

Por otro lado, en cualquier lugar del mundo también podemos encontrar las exóticas, atractivas y particulares “ferias de las pulgas”. Tradicional espacio urbano destinado a la compra y venta  de objetos usados, antigüedades, libros, vestuarios, muebles, discos, cristalería y un sin fin de cosas, algunas de buena calidad y a buen precio.

En España se le conoce como “rastro”, en Israel se le denomina “shuk”, en Monastiraki y Plaka (Atenas) adopta el nombre de “mercado de las pulgas”, al igual que el de Saint Ouen en París.  Este último es uno de los más grandes del mundo en su género (aproximadamente 2000 puestos en una extensión de 7 hectáreas). Un verdadero hervidero en el que se cruzan los vendedores de ropa usada con exclusivos coleccionistas de antigüedades de todos los continentes. Igualmente se fusionan tiendas de moda con  comerciantes ilegales que se agolpan en los mínimos rincones.

A fines del siglo XIX, “la ciudad luz” le dio el apelativo de “marche aux puces”, quizás porque fue el lugar donde los ropavejeros y “cachibacheros” podían vender sus ropas usadas y colchones de segunda mano, los cuales irremediablemente estaban infectados con las despreciadas pulgas.

En Latinoamérica estos mercados están presentes por doquier con sus propias personalidades. Por ejemplo, la ciudad de Maracaibo, posee uno de los más originales por su infinita mixtura étnica entre los asiáticos, los wayuu, los Maracuchos y los venezolanos en general; también es uno de los pocos que se encuentran a orillas de un lago y que por su gran tamaño se vende una lista interminable de productos a una decena de miles de personas que lo visitan diariamente.

En Buenos Aires nos encontramos con San Telmo, Colegiales y en la estación Barrancas del tren de la costa, camino a San Isidro. En Lima está el populoso Tocora, ubicado en la esquina de la avenida Aviación con 28 de Julio, allí los comerciantes venden en improvisados puestos y algunos ubican sus mercancías en las mismas veredas. Para transitar por ese lugar hay que tener mucho cuidado, cualquier persona puede entrar vestida y salir desnuda o viceversa.

Podemos encontrar desde una aguja hasta un automóvil, por supuesto, totalmente desarmado en piezas. Para adquirir ropas usadas hay que ser muy riguroso, pues las enfermedades contagiosas están “a flor de piel”. Las telas tienen olores característicos de las urbes hacinadas, es decir, mal olientes, posiblemente algunas fueron recogidas de los basureros de Lima, como parte de la cadena del endémico reciclaje. Este es el mercado del pueblo, donde llega la ropa de algún borracho asaltado, de los tendedores ropa de descuidados vecinos o de viviendas residenciales de San Isidro o La Molina.

Algo muy parecido ocurre con el Persa Bío Bío de nuestra capital. En este caso, el barrio de Franklin, sufre una metamorfosis semanal. Aromas y colores festivos se levantan cada sábado en la mañana, dando origen a  un universo asombroso que durante años ha sobrevivido las transformaciones de la modernidad que ahogan, cada vez más, a Santiago.

¿Cuáles son las principales características de estos grandes mercados populares? Son amables, caóticas, humanas, tumultuosas, antisistémicas, coloridas, entretenidas, empapadas en olores profundos, sorprendentes y dedicados al ocio. Agremian habitualmente artesanos, restauradores, libreros, anticuarios, charlatanes y artistas callejeros que brindan un ambiente acogedor al lugar. Del mismo modo, se venden productos piratas y a veces hasta de sospechosa procedencia, aunque al usuario común, a veces,  no le interesa mientras consiga ahorrar plata. En las transacciones es válido el famoso regateo y el precio final se consigue de común acuerdo entre vendedor y cliente. Se puede encontrar todas las cosas, incluso aquellas que ni siquiera hemos imaginado. Conocerlo a cabalidad requiere de bastante tiempo de ocio. Tiene sitios accesibles para todo público y otros privativos por sus precios (anticuarios). Suelen concurrir la mayoría de los grupos sociales, incluso hasta intelectuales y gente acomodada. Además, están colmados de historias, anécdotas y secretos.

Cuando Iquique era como una gran casa en donde todos nos conocíamos, acostumbraba a merodear por las emblemáticas ferias de este puerto (Latorre y  Mercado Municipal), buscando alguna baratija que estuviera al alcance de mi exiguo bolsillo o para cambiar una revista del “Llanero Solitario”. Una de ellas se ubicaba en la calle Latorre, entre Juan Martínez y 21 de Mayo. En esa arteria funcionaba todo el año como feria agropecuaria, pero su mayor esplendor y metamorfosis lo percibíamos para navidad. Recuerdo que para esa fecha la mayoría de las personas esperaban el último momento o incluso hasta el día 25 de diciembre para realizar sus compras, en la seguridad que a esa altura todas las cosas se venderían a precio de costo.

En la actualidad perviven alojadas preferentemente en el casco antiguo y en las zonas periféricas de la ciudad (Feria Agropecuaria). Por supuesto, en estos epicentros de la cultura popular no funcionan el dinero plástico, la tarjeta de crédito, los cheques, los cajeros, automáticos o los movimientos electrónicos de dinero, deudas, historial de consumo, red banc, etc. Nada en estas ferias es automatizado, en contraste, impera la improvisación de los ambulantes y el regateo del cliente. Es un pequeño mundo, con sus propias reglas, rituales y códigos.

A mi juicio, estos íconos de la cultura popular son lejos más entretenidos y sorprendentes que los híbridos, repetidos y poco originales malls; los que siguen proliferando como “hongos” en nuestro país, fomentando, exclusivamente, el consumismo y sin entregar un aporte cultural concreto a las comunidades locales.

En resumidas cuentas, siendo las ferias un referente social obligado para residentes y visitantes, estimo que las autoridades debieran reconocerla, protegerla y divulgarla para elevarla al sitial de interés cultural comunal que todas ellas se merecen.

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