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Iván Vera-Pinto Soto Cientista Social, Pedagogo y Escritor A mi parecer, la muerte a veces puede generar en el arte situaciones venturosas, puesto que... Muerte, Artes y Artistas

Iván Vera-Pinto Soto Cientista Social, Pedagogo y Escritor

A mi parecer, la muerte a veces puede generar en el arte situaciones venturosas, puesto que ella accidentalmente conseguiría detonar una energía que ayudaría dar paso a una nueva vida. Así por lo menos ha ocurrido en ciertos casos donde la muerte o la desaparición de un artífice han suscitado el surgimiento de considerables gérmenes creadores que quizás estaban latentes o silenciosos en un contexto determinado. Prueba de ello fue la muerte de Osvaldo Soriano, la cual atrajo a más escritores e intelectuales, quienes, pulsando con la palabra y sus corazones, hicieron más impacto que el mismo periodista y literato.

En términos metafóricos la muerte es aquella desdeñosa e inevitable amiga que nos espera secretamente en algún recoveco de la vida para sorprendernos y dejarnos helados, aturdidos e inertes. Desde una mirada racional podemos decir que la muerte es una circunstancia congénita a la vida, es parte de la existencia misma del ser. A pesar que estamos al corriente de su universalidad, acontece que la mayoría de los mortales nos negamos aceptarla, porque en nuestra interioridad ansiamos neciamente gozar de vida eterna. En el fondo, vida y muerte son dos caras inevitables de la misma moneda: casi siempre despiadadas e insensibles, según mi opinión.

La muerte desde tiempos antiguos se ha convertido en tema obsesivo de los artistas y filósofos; además, es una terrible musa que ha servido de fuente de inspiración de muchos creadores. Recordemos que la obra de Picasso colindó intensamente con la muerte desde que comenzó a pintar el enorme mural conocido como Guernica, en el año 1937. El cuadro expresaba la violencia y crueldad de la guerra mediante la utilización de imágenes como el toro, el caballo moribundo, el guerrero caído, la madre con su hijo muerto o una mujer atrapada en un edificio en llamas. Fue así que la paleta de Picasso se eclipsó y el sueño eterno pasó a ser el fondo más frecuente en su quimera.

Aunque parezca paradójico la muerte hace vivir a todas las manifestaciones artísticas, y de esta forma a sus propios inventores. Por lo demás, puede también transformar al artista en una leyenda, elevarlo asombrosamente al sitial de figura inmortal o una suerte de mito. No es una casualidad, por ejemplo, que Gardel pese a los ochenta y dos años de su fallecimiento, aún sigue vigente la memoria colectiva latinoamericana. Algo parecido ha sucedido con otros ídolos de la música: Elvis Presley, Niño Bravo, Jim Morrison, John Lennon, Bob Marley, Freddie Mercury, George Michael, Leonard Cohen, David Bowie, Amy Winehouse, Celia Cruz, Compay Segundo y Juan Gabriel, por citar algunos famosos.

En el mismo parangón están los renombrados pintores quienes en sus existencias pasaron ingratamente inadvertidos; inclusive algunos de ellos fueron cuestionados y desacreditados por la crítica, el público y sus pares. Bien sabemos que Rembrandt, Van Gogh y Gauguin murieron en la pobreza absoluta y sin reconocimiento. Lo mismo ocurrió con otros genios de la música como Mozart y Schubert, entre otros. Sin embargo, una vez fallecidos, sus obras y ellos mismos adquirieron inesperadamente una ponderación superior, a tal punto que en nuestros días se les reconoce como clásicos, seres inmortales que viven en el limbo del arte.

En esa misma línea argumental, Vicent Van Gogh, en la última carta encontrada en su bolsillo el 29 de julio, de 1890, después su suicidio, declaró: “Yo arriesgué mi vida por mi trabajo, y mi razón siempre fue menoscabada”. Una situación parecida vivió Shakespeare en su época, el dramaturgo tuvo que enfrentar agudos ataques en contra de su obra, se sabe que fue hacia los cincuenta años de edad cuando recién se empezaron a reconocer sus méritos como poeta, pocos años antes que muriera.

Por lo expuesto, podemos inferir que la muerte es el comienzo de la inmortalidad del artista. Es por ello que cuando recordamos la muerte de algunos artistas nuestros, tales como: Sixto Rojas, Mahfud Massís, Guillermo Zegarra, Jaime Torres, Nesko Teodorovic, Dusan Teodrorovic, Adriana Medina, Patricio Riveros, Monserrat Rivera, Lalo Espejo, Jorge “Coke” Iturra, Toño Miranda, Antonio Prieto, Luis Advis, entre tantos otros insignes iquiqueños, tengo la impresión que sus sentidas desapariciones pueden catapultar en el futuro un movimiento de nuevos actores, escritores, músicos que hoy están en ciernes. Es más, tengo la certeza que sus obras, canciones, producciones artísticas e improntas, serán enaltecidas por los niños y jóvenes que los conocieron y que aprendieron con su ayuda a disfrutar de la magia del arte. Alguien dijo que la vida es breve y el arte es largo; por eso creo que la fantasía de todos nuestros artistas será imperecedera en el imaginario de los iquiqueños.

Avizoro que mientras mantengamos cada teatro abierto, cada atelier, cada instrumento musical pulsado por manos creativas, cada poema encumbrado al cielo por la voz de un intérprete, cada lienzo teñido por un pincel y cada canción nuestra entonada con emoción, se mantendrá viva la obra de quienes nos precedieron en este camino asombroso del arte y la literatura. Creo que por ese camino podremos lograr espantar a la muerte y el olvido; alentando, a la vez, las mentes y corazones de quienes luchan por un porvenir donde el desierto florezca y las voces canten a la vida.