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  Julio Cámara Cortés / Consejero Regional  CNCA de Tarapacá La respuesta, rotunda y definitiva, es sí. En efecto, no solo es viable, como veremos... ¿Es viable una  Orquesta Regional para Tarapacá? (Parte I)

 

Julio Cámara Cortés / Consejero Regional  CNCA de Tarapacá

La respuesta, rotunda y definitiva, es sí. En efecto, no solo es viable, como veremos más adelante, sino también necesaria de mantener. Una región como Tarapacá que ostenta variables positivas y ventajas comparativas en diversas áreas, y cuyas autoridades de turno, son proclives a destacarlas públicamente, bien podrían sumar entre sus logros más relevantes en el ámbito artístico-cultural, la existencia de una orquesta regional estable y consolidada.

 Señalar, además, que este tipo de iniciativas existe en la mayoría de las regiones del país,  y sus respectivas autoridades suelen exhibirlas entre sus principales indicadores de gestión, porque constituyen proyectos artísticos de largo aliento y que demandan recursos financieros y competencias técnicas que, al mismo tiempo, dan buena cuenta de las capacidades de gestión y visión de futuro que las animan.

Un buen ejemplo a seguir de esta capacidad y compromiso local con el arte y la cultura, lo tenemos en la vecina región de Antofagasta, que cuenta con orquesta sinfónica regional nada menos que desde 1962, es decir, desde hace 55 años, y con un elenco estable de 54 músicos, y con un programa de conciertos definidos para el lapso de un año.

Antofagasta puede exhibir también otros logros en la misma área, como el hecho de disponer de una biblioteca pública bien provista de material y con intensivo uso de herramientas digitales para sus usuarios, y que funciona, además, y a tono con su misión,  en un antiguo edificio de alto valor patrimonial en el centro de la ciudad.

Asimismo, cuenta con un teatro municipal inaugurado en 1981, un proyecto iniciado en 1966 y que por diversos tropiezos, entre ellos financieros, sufrió postergaciones para su puesta en marcha lo que finalmente ocurrió en la fecha indicada anteriormente. Pero, un hecho  relevante ligado al teatro municipal, es que funciona como sede de la orquesta regional, lo que permite a ésta contar con una infraestructura  acorde a sus necesidades de funcionamiento, es decir, un “domicilio fijo” desde donde planificar y ejecutar su productiva labor.

Pero, tan importante como los logros descritos, es que también cuentan con una institucionalidad rectora que actúa como soporte tanto de la gestión del teatro municipal como también de la orquesta regional. Esta entidad es la Corporación Cultural de Antofagasta (CCA), institución de derecho privado con carácter público, sin fines de lucro, fundada en 1984,  y dependiente de la municipalidad de dicha ciudad,  y que se  “instaura luego de que el Gobierno de la época definiera que sean los municipios los encargados de administrar la cultura en cada zona y así definir la descentralización de los trabajos artísticos en el país”. (extracto referido a su  trayectoria y labor citado de su página Web).

Obviamente, la gestión de la CCA, que cuenta con una dotación de 130 personas, es mucho más amplia por cuanto abarca el fomento y desarrollo de variadas disciplinas artísticas, incluyendo  también de manera preponderante el área formativa, y que canaliza recursos financieros públicos como también privados.

Como bien se podrá apreciar, todo lo expuesto anteriormente son logros absolutamente factibles de alcanzar y concretar, bastando para ello solamente la voluntad y convicción de las autoridades regionales y comunales de turno de actuar unidos en pos de un objetivo mayor, y así otorgar condiciones favorables para el fomento y desarrollo artístico y cultural de la región. Un objetivo, reitero, para nada inalcanzable, y establecido en los objetivos que la ley fija para los gobiernos regionales y municipales.

Visto estos edificantes ejemplos provenientes de nuestros nortinos vecinos que, como se indicó, sostiene entre otras relevantes iniciativas  una orquesta regional con más de medio siglo de trayectoria, es inevitable preguntarse por qué en nuestra región un proyecto de similares características ha sufrido tantas vicisitudes, tanto financieras como administrativas.

A mi juicio, el principal escollo en el inestable camino que ha recorrido la orquesta regional de Tarapacá en sus cortos años de existencia, tiene que ver, lamentablemente, con los limitados horizontes en que se mueven algunas autoridades regionales y comunales respecto del quehacer artístico y cultural en la región.

Me pregunto, por ejemplo, y casi como reflexión en voz alta, porqué el municipio de la principal comuna de la región no consideró nunca entre sus planes crear una entidad similar a la Corporación Cultural de Antofagasta, que brindara sólidos apoyos y estabilidad no solo a la existencia de una orquesta regional sino también a otras iniciativas culturales de relevancia, nivelándose así con lo que ocurre en la mayoría de las regiones del país en el ámbito cultural.

Con miradas cortoplacistas, cuestionamientos e incomprensiones de quienes tienen poder de decisión respecto a la necesidad de otorgar los recursos que demanda un proyecto de la relevancia de la orquesta regional, no será posible consolidar ni menos proyectar en el tiempo dicha necesaria iniciativa.

Una cuota importante de responsabilidad en esta situación le cabe también a la propia institucionalidad cultural creada en la década pasada, me refiero al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA), entidad generadora del proyecto de creación de la orquesta regional y que no supo o no pudo darle continuidad ni brindarle soporte institucional para su funcionamiento y estabilidad en el tiempo.

Pero, hay un hecho en todo este panorama que no se puede eludir considerar: el sensible factor humano. Porque cuando hablamos de la orquesta como institución, y la situación de inestabilidad e incertidumbre que ha experimentado, parece que tendemos a olvidar que se trata de un grupo de músicos, hombres y mujeres, que han hecho de su convicción y vocación por la música su fuente laboral de subsistencia,  y que como personas y profesionales albergan legítimamente expectativas  personales y familiares de vida, y que esperan también, por lo mismo,  estabilidad, respeto y dignidad para desempeñar su oficio, tan válido y noble como otros.                                                          

 

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